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¡A saber lo que estarán echando!

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Nuestro cuerpo está preparado tanto para producir una inflamación cuando lo considera necesario como para reducirla y calmarla cuando necesita que el tejido afectado vuelva a tener la eficacia necesaria para desempeñar la función para la que el organismo lo ha creado.

Las prostaglandinas controlan los procesos inflamatorios. Afectan al tono muscular de las arterias y la presión sanguínea o reducen el agregamiento plaquetario. Son las responsables del dolor, la inflamación, los calambres y de innumerables respuestas fisiológicas más.
Hay 30 prostaglandinas diferentes que se agrupan en familias o series dependiendo de qué ácido graso proceden.
Las prostaglandinas de la serie 2 o PG2 son pro-inflamatorias. Muy necesarias ya que la inflamación es un proceso que utiliza nuestro organismo para eliminar sustancias de desecho y enviar por el torrente sanguíneo el oxígeno y los nutrientes necesarios para recomponer la zona afectada y permitir paso de leucocitos y plaquetas.
Las prostaglandinas de la serie 3 o PG3 son antiinflamatorias. Provienen de ácidos grasos de la familia omega 3 con el ácido alfa-linolénico (LNA) como el ácido graso inicial. Regulan el flujo de sustancias dentro y fuera de las células, reducen la presión sanguínea, ayudan a que la insulina sea más efectiva y reducen la respuesta al dolor.
El equilibrio entre estos efectos determina nuestro estado de salud. La dieta y nuestros hábitos tienen que favorecer un buen balance entre los distintos tipos de prostaglandinas para que no exista un efecto demasiado pronunciado de un determinado tipo.
Las prostaglandinas se fabrican a partir de los ácidos grasos presentes en los alimentos. Es muy importante que la dieta tenga un equilibrio entre los distintos tipos de ácidos grasos para que haya un estado de salud óptima.
Desgraciadamente, esto que puede parecer obvio en principio no es tan fácil como parece. Nuestros hábitos diarios y sobre todo la alimentación actual distan mucho de ser equilibrados y saludables.
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Los leucotrienos son ácidos grasos que participan en los procesos de inflamación crónica, aumentan la permeabilidad vascular y favorecen el edema de la zona afectada.
El ácido araquidónico está presente en las membranas de las células, y es el precursor en la producción de eicosanoides (prostaglandinas pro-inflamatorias, y leucotrienos).
Los vegetales contienen muy poco o nada de ácido araquidónico. La carne, los huevos, los lácteos, y en general todas las proteínas de origen animal favorecen la actividad de leucotrienos y prostaglandinas pro-inflamatorias.
Los alimentos que contienen grandes cantidades de azúcar y otros hidratos de carbono refinados promueven las reacciones inflamatorias, sobre todo el de los azúcares refinados (azúcar blanco). La razón está en que el consumo de azúcar genera la secreción de insulina, que promueve la formación de prostaglandinas de tipo 2, también pro-inflamatorias.
Teniendo esta información, si repasamos con honestidad nuestro menú semanal, comprobamos que comemos más alimentos inflamatorios. Casi todos los días, al menos una de las comidas es carne de cualquier tipo o pastas refinadas o pan industrial. Pocas veces a la semana comemos verdura, frutos secos, fruta o alimentos antiinflamatorios. En el caso del azúcar refinado es evidente, ya que además del que ya está presente en muchos alimentos cotidianos, todos los días lo tomamos en el café o en el desayuno.
Los procesos químicos que liberan la energía que utilizamos dependen del oxígeno que respiramos. Como un subproducto, estos procesos originan grandes cantidades de compuestos de oxígeno muy reactivos llamados radicales libres.
También son producidos por exposición a la luz solar y polución urbana. Los radicales libres reaccionan con varios tejidos del organismo donde pueden producir daño. Nuestra dieta debe contener normalmente ciertas vitaminas y minerales, llamados antioxidantes, que eliminan estos radicales libres.
Nos hemos acostumbrado en pocos años a comer alimentos refinados y manipulados por la industria alimentaria y a tomar antiinflamatorios farmacéuticos para combatir precisamente el dolor y la congestión de los tejidos que en buena medida nos estamos provocando nosotros mismos por ingerir casi exclusivamente alimentos de poca calidad biológica.
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Si pensamos que los responsables de nuestra salud somos nosotros mismos, ¿por qué culpar a la industria alimentaria o a la farmacéutica de nuestros hábitos? La carne que comemos ya no es la misma que comían nuestros abuelos y las verduras ya no tienen los nutrientes que les aportaban los huertos porque en los invernaderos industriales se busca el rendimiento por producción.
A veces oímos:
-¡ A saber lo que nos están echando en la comida!
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Si, es posible que “nos lo estén echando”. Pero somos nosotros quienes lo ponemos en nuestras mesas y nos lo comemos.
Afortunadamente, actualmente todos tenemos mucho más a nuestro alcance el acceso a otro tipo de alimentación más saludable. Sólo es cuestión de preocuparnos un poco más en dónde y con qué llenamos nuestro carro de la compra.

¿Seguro que es imprescindible hacer la compra de alimentación con productos manufacturados? ¿Alguna vez nos hemos preocupado de buscar tiendas donde vendan productos de buena calidad?
La comida de temporada y ecológica antes era mucho más cara que la de los supermercados, pero ¿estás seguro que actualmente esto es así?
Esas tiendecitas de barrio no tienen los horarios tan cómodos de los centros comerciales, pero ¿acaso no perdemos más tiempo por coger el coche para hacer la compra?
En próximas entradas hablaremos de los beneficios que conlleva cambiar un poco nuestros hábitos para tener mejor estado de salud, y aprenderemos disfrutando en nuestro propio beneficio. Como ya hemos dicho en otras ocasiones, El ser humano es complejísimo y, se ha de entender como un todo indivisible, en el que cualquier parte de él puede influir en el estado del conjunto.