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Esclerosis Múltiple, parte IV

El manejo de la esclerosis requiere de hospitalización en diferentes momentos de su desarrollo, en especial en los períodos de reagudización. Además, se le supone la utilización de fármacos de alto costo.
El acetato de glatiramer (Copaxone) se usa para reducir el número de veces que se sufren las recaídas. Forma una estructura química similar a la de la mielina nerviosa para que los linfocitos ataquen a este compuesto en vez de a aquella. Aún no hay evidencias de que el copaxone sea capaz de “engañar” al sistema nervioso.
No se ha demostrado que ayude si se padece alguna forma de esclerosis sin recaídas y puede no tener efecto alguno en la duración de un ataque. Actualmente no hay pruebas suficientes para apoyar su uso en la práctica clínica.

El uso de Interferón beta se ha encontrado disponible en España desde el 2008 previa autorización de la administración.
Desde el mismo año, se dispone de un programa donde se centraliza la supervisión y la prescripción del Interferón, aunque aún no se sabe con exactitud cómo funciona el Interferón para tratar la esclerosis múltiple.

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Estos medicamentos son de los llamados “inmunomoduladores”, sustancias que actúan disminuyendo la capacidad de producir anticuerpos o modificando su actividad. Es decir, el paciente que usa este tipo de medicamentos, está más expuesto a padecer alguna otra disfunción como consecuencia de esta caída de defensas además de los efectos secundarios del uso del medicamento en sí mismo.

También existen otros medicamentos no inmonumoduladores, como el Fingolimod, que actúa reteniendo los linfocitos en el interior de los ganglios linfáticos disminuyendo la presencia de leucocitos reactivos en el cerebro y la médula espinal, evitando el daño inflamatorio que causan en la esclerosis múltiple.
Es eficaz para reducir la actividad inflamatoria, pero puede dar lugar a poca o ninguna diferencia en la prevención del empeoramiento de la discapacidad.
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Además, en muchos casos se deja en último término la decisión de qué medicamento utilizar al mismo paciente eligiendo de entre las opciones que el neurólogo le ofrece. Esta práctica hace cuestionar obviamente el criterio médico de sospecha de diagnóstico. En la mayoría de los casos, el médico ofrece un dictamen ambiguo, calificando la patología de “enfermedad desmielinizante” sin más concreciones, dándole al enfermo la sensación de alusión eufemística muy generalista.
No se conoce ningún medicamento que sea capaz de "curar" la esclerosis múltiple, pero se disponen de varios como éstos que la frenan y existen otros nuevos que estarán disponibles en el futuro inmediato. Además existen numerosos tratamientos para aliviar los síntomas, pero en cualquier caso, parece que la investigación actual está más centrada en los medicamentos que actúan contra la cronicidad de la enfermedad más que en solucionarla en sí misma, esto es, el cambio genético que se produce en el sistema inmunitario del paciente que le hace atacarse a sí mismo. De hecho, cada vez hay más enfermos que denuncian que la industria farmacéutica parece que no le interesa la curación de la enfermedad, sino, más bien, lucrarse con los medicamentos para patologías crónicas.
Sin entrar a cuestionar si es ético o no que una farmacéutica gane dinero con su producto (como empresas privadas que son), el hecho es que incluso las investigaciones publicadas están controladas por editores que tienen derechos de propiedad intelectual sobre ellas y por tanto, se cobra por leerlas. Es una paradoja que los mismos investigadores han de pagar por ellas, cuando las escriben teóricamente para difundir sus descubrimientos. Por tanto, la investigación y la difusión de los avances científicos, está al alcance sólo de unos pocos.
Es el caso, sirva de ejemplo, del mismísimo bioquímico premio Novel Richard J. Roberts, que incluso llegó a decir en público que “las compañías farmacéuticas tienen poco interés en gastar mucho para encontrar curas de algunas enfermedades porque una vez que se encuentra una cura eso limita enormemente el potencial de mercado. Prefieren encontrar medicamentos que sean efectivos contra enfermedades crónicas que los pacientes tendrán que seguir tomando durante muchos años, idealmente el resto de sus vidas”.

A J. Roberts se le acusó de culpar a las farmacéuticas de vender medicamentos que provocaban que las enfermedades se volvieran crónicas, que es muy distinto a lo que realmente defendía.
En cualquier caso, aunque el Nobel nunca hizo tal acusación, sus palabras son sin ninguna duda una afirmación tan grave como desalentadora. No existe tal conspiración farmacéutica que demuestre que hay investigaciones destinadas a hacer crónica una enfermedad, pero que se destinen más recursos hacia las enfermedades crónicas que hacia las que se pueden erradicar definitivamente dice mucho de la industria y de la situación médica actual.
Quizá “las compañías farmacéuticas no deberían fingir que están interesadas en curaciones, porque no lo están

Mientras el sistema médico actual funciona de esta forma, el paciente de esclerosis múltiple (y de cualquier enfermedad que dé en llamarse “crónica”) sigue desprotegido en una sociedad que debería evolucionar hacia el bienestar de todos los humanos, enfermos o no.
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Afortunadamente, a día de hoy (al memos en occidente) la información no especializada está al alcance de todos. Y también el cambiar nuestros hábitos alimenticios y hacer el poco o mucho ejercicio que nos permita nuestro cuerpo. Quizá no exista aún (seamos optimistas) un medicamento capaz de curar, pero como nunca nos cansaremos de decir aquí, el movimiento es vida y merece la pena el cambio. Y sólo abriendo nuestra mente se hace posible el cambio de actitud personal necesario para disfrutar de la salud. .

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