A mal tiempo…

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A mal tiempo…

Un paciente llega a la consulta del osteópata y, tras presentarse y charlar unos segundos de cosas mundanas, toma asiento en la silla que el terapeuta tiene a ese efecto. Para facilitar la observación del paciente y la forma que tiene de referir su lesión, no hay ningún mueble delante de él, no hay reposapiés ni ningún otro elemento que pueda interferir en su gestualidad.
Aún no ha dicho porqué tomó cita, el osteópata no sabe porqué está allí. Es la primera vez que le atiende y, como la cita ha sido concertada por whatsapp, no ha tenido ocasión si quiera de contarle porqué está allí.
Lo primero que el terapeuta le pregunta es quizá una fórmula de cortesía para romper el hielo y crear un clima de familiaridad entre el paciente y el medio.
-Bueno, y ¿qué tal estás?
Si, es obvio, pues es evidente que, si estuviera bien, no estaría allí. A veces uno hace preguntas por mera educación. Se trata en definitiva de que el paciente le cuente su demanda utilizando sus propios medios, se entiende que no todo el mundo tiene porqué tener un grado en medicina para explicar qué le pasa.


Se sienta delante con las rodillas juntas, cruza instintivamente los brazos y mete la cabeza entre los hombros, tocándose la nuca con una de las manos. Frunce el ceño, y suelta un “buff” apretando los dientes y soltando el suspiro entre los labios apretados.
Y le dice al osteópata:

-¡Qué feliz soy! ¡Acabo de ser padre y me ha tocado el Euromillón!
Raro, ¿verdad? ¡claro que es raro! ¡Nadie va a la consulta de un terapeuta, se hace un ovillo y se cubre la cara entre las manos si es feliz! Al que le acaba de tocar la lotería está contentísimo por eso, ¡abre los brazos, salta de alegría, sonríe!


Todos entendemos que el sufrimiento tiene mucho que ver con la gestualidad. Es un reflejo automático, la posición que uno adopta cuando tiene un problema es la que entendemos como posición de defensa, o posición fetal. (habitus flexus) Manos apretadas en puño, codos y rodillas flexionadas, mirada hacia abajo y brazos protegiendo el tórax.
Y adoptamos esa posición cuando nos sentimos atacados por cualquier cosa. Desde un dolor de estómago hasta un shock emocional.
A veces, sin ni siquiera saberlo, estamos somatizando una emoción negativa. Es normal que el que tiene un episodio estresante en su vida tenga tensión en el cuello y dolor de cabeza, aunque no sepa decirte porqué. No ha habido ningún trauma, no ha estado haciendo algún sobreesfuerzo que se salga de lo común, incluso si repasa todos los movimientos que hace normalmente en su trabajo o en su vida cotidiana no sabe decir exactamente cuándo empezó a sentirse mal. Un día, de repente y sin venir a cuento, le empezó a doler. Le empezó a doler lo que sea, el cuello, la espalda, un hombro…
Sospechamos que puede ser que estemos somatizando algo. El cuerpo está, por ejemplo, tan cansado de “tirar de un carro” imaginario que nos empiezan a dar la lata las lumbares.


En ocasiones, sólo por sus gestos, intuyes que no existe nada estructural que le lleve a esa persona a sufrir ese malestar. Todos entendemos, en mayor o menor medida, que hasta que no solucionemos aquel conflicto emocional no vamos a mejorar de la dolencia física que nos ha provocado esta somatización.
Por supuesto que no corresponde al osteópata emitir un juicio de valor o siquiera cuestionar los procesos emocionales que tiene el paciente para elaborar su duelo. Cada persona es un ser individual y tiene sus propias herramientas conductuales para relacionarse con su propia vida. Cada paciente tiene sus condicionantes, y ninguna persona quiere sufrir. Es, (en todo caso) el psicólogo el profesional que, desde el método científico es el más indicado para ayudarnos en estos casos.
A veces las personas nos instauramos en el sufrimiento. Seguimos con esta posición de defensa incluso después de haber solucionado el problema que nos llevaba a esa situación. Adoptamos este gesto como nuestro, y nos “acostumbramos” a mantener para siempre la gestualidad de esa angustia.
Aún habiendo superado el conflicto, normalizamos el hecho de ir siempre con los hombros encogidos y apretando los dientes. Y, sin darnos cuenta, nos enfrentamos a cualquier situación cotidiana desde el gesto de la ansiedad. Claro que sería exagerado el episodio con el que empezamos este artículo, pero, en cierto modo, es muy habitual que, aunque no tengamos efectivamente ninguna razón por la que estar contraídos, lo estemos porque, simplemente, “somos así”.

Quizás los condicionantes que te han llevado a esta postura sigan ahí después de ir al osteópata. Pero, ¿no será mejor enfrentarnos a ellos desde la posición del optimista que desde la postura del sufrimiento? ¡claro que la gestualidad es importante!
Por no hablar, (como haremos más adelante) de la expresión de la cara y la tensión de los músculos del macizo facial.
Claro que “la cara es el espejo del alma”, y esta frase, desde la sabiduría popular, esconde un porqué fisiológico que hemos de integrar para enfrentarnos a nuestros acontecimientos cotidianos con una sonrisa en vez de con un mal gesto.