Buscando la palabra adecuada.

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Buscando la palabra adecuada.


En la sabana, una familia de gacela de Thomson deambula de acá para allá ramoneando trozos de hierba del suelo y buscando alguna sombra con la que refugiarse del sol abrasador de África.
Es uno de los más ágiles y elegantes antílopes que forman grandes rebaños en los prados del continente. Aunque actualmente sólo son aproximadamente 500.000 ejemplares, son la especie de gacela más común y en cada rebaño hay una definida jerarquía social: los machos adultos suelen permanecer apartados de los machos inmaduros y las hembras constituyen grupos más unidos. Aunque deben estar siempre alerta a cualquier señal u olor de sus numerosos enemigos y se asusta fácilmente, puede verse a estas gacelas pastando tranquilamente a la vista de una manada de leones que dormitan. El rebaño, aunque permanece alerta, no teme por su vida si el enemigo no tiene hambre.

En un ataque de un depredador, en el rebaño de antílopes siempre hay dispuesto un macho atento al posible peligro, que para dar la voz de alarma, huye a la máxima velocidad posible para que el felino no le alcance. Todos corren en todas direcciones, se atropellan y saltan unos sobre otros en una desesperada huida por sobrevivir a la muerte.
Sus cerebros segregan la hormona que nos prepara a los animales del peligro, la adrenalina, casi instantáneamente y de su hipotálamo surge a raudales la oxitocina, que tiene un poderoso efecto inhibidor del miedo y el bloqueo en la amígdala. El organismo por tanto segrega cortisol, la hormona del estrés por excelencia que les ayuda a enfrentar el momento y dar una respuesta rápida y eficaz. Todos corren.
Las gacelas de Thomson no tienen conectado su sistema límbico al córtex frontal del cerebro. Cuando queda claro que el depredador no va a cambiar de idea hasta que no calme su hambre, todos pueden volver con sus cosas. Nadie corticaliza las emociones. Las hormonas producidas por el shock de estrés se metabolizan y se excretan con toda normalidad. El suceso no se racionaliza, forma parte de la cotidianidad. El guepardo come y la gacela de Thomson sigue haciendo sus cosas de gacela de Thomson.
El hombre también sufre situaciones de peligro. En un atropello, por ejemplo, todos los demás usuarios de la calle, al igual que otros animales, segregan adrenalina, utilizan sus inhibidores de oxitocina y se valen del cortisol segregado para sobrevivir al acontecimiento. Gritan, corren a socorrer al herido y llaman a una ambulancia. Después de un momento que parecen horas, cada uno vuelve a sus quehaceres.
Si yo no he sido victima del atropello, ¿porqué sigo nervioso después del incidente? Sólo cuando llego a casa, me tranquilizo y le cuento a alguien el desagradable acontecimiento es cuando me sereno. Pero mucho después del suceso, e incluso si ha sido muy traumático, la sensación me acompañará cada vez que lo recuerde.
La gacela no tiene conectado su corteza prefrontal, pero el hombre sí. Gracias a que es capaz de racionalizar sus emociones, ha podido usar un cortex privilegiado y evolucionar hasta ser capaz de pisar la luna, pero a cambio ha de estructurar con cuidado sus pensamientos para que no entren en conflicto con sus emociones.
El sistema límbico es una de las partes del cerebro con un papel más relevante en la aparición de los estados de ánimo. Es por eso que a veces es llamado "el cerebro emocional"
Está constituido por un grupo interconectado de estructuras corticales y subcorticales. En él, la amígdala se encuentra facultada para controlar y mediar emociones principales como pasión, tristeza y miedo. Además, juega un papel en el aprendizaje de las conductas emocionales. El humano “racionaliza” sus emociones y utiliza las áreas de comprensión y expresión del lenguaje para elegir la forma adecuada para referirlas. Esta es la causa por la que cuando le contamos a alguien nuestros pensamientos parecen tomar forma y nos encontramos más capaces de gestionar nuestros trastornos. La ansiedad, por ejemplo, es una anomalía al regular la actividad de la amígdala. En la actualidad, no tenemos depredadores naturales, pero tenemos jefes, o vecinos o familiares con los que nos relacionamos a veces no del todo saludablemente. En otro ejemplo, en trastornos afectivos se revela menor actividad en la corteza prefrontal.
El ser humano es un ser social, necesita relacionarse emocionalmente para expresar sus sentimientos y estructurar de forma racional sus pensamientos. Necesitamos expresarnos de la manera más adecuada según las emociones que tiene nuestro cerebro en el momento del acontecimiento que referimos.

¿pero qué pasa con todo el proceso químico de segregación de hormonas en el momento del estrés? ¿somos capaces de metabolizarlas a tiempo real y excretarlas una vez que han cumplido su función? Pues afortunadamente, en la mayoría de los casos sí. Aunque ocasionalmente, aún sobrepasado el momento del trauma, nuestro cuerpo no es capaz de sobreponerse a estos acontecimientos. Nuestro organismo, que es claramente superior al resto de animales y que gracias a la evolución ha desarrollado este cerebro que nos dota de mayor inteligencia, necesariamente tiene que contar con aquel “intermediario” del que hablamos para “elevar” las emociones al plano cortical que llamamos “área de Broca”, buscando la palabra adecuada entre nuestras experiencias pasadas que se ajuste más a la emoción causada.
A veces, este desfase de tiempo entre el acontecimiento y la verbalización de las emociones provoca en el organismo malestar. Todo aquel torrente hormonal no ha terminado de desaparecer de nuestra vida. Es entonces cuando el cuerpo envía señales para comunicarnos con nosotros mismos que a veces no somos capaces de entender. Se produce un conflicto entre los traumas pasados (solucionados o no) y nuestras sensaciones. Desequilibrio. Este acontecimiento es lo que se le ha dado en llamar en osteopatía craneal un “quiste energético”, una parte de nuestro cuerpo que provoca malestar sin causa aparente.
La liberación somato-emocional es un proceso terapéutico que ayuda a liberar al cuerpo de los efectos residuales asociados con experiencias negativas. A veces el cuerpo retiene (en lugar de disipar) las disfunciones y a menudo la energía emocional que lo acompaña desencadenada por traumas fisiológicos, psicológicos o emocionales. Aunque puede adaptarse inicialmente a la presencia de esta molestia, eventualmente el cuerpo se debilita o se sobrecarga y puede desarrollar síntomas de dolor, disfunción o estrés emocional en respuesta.
Si bien no podemos cambiar el pasado, podemos cambiar la carga emocional y el efecto que sigue teniendo sobre nosotros. A veces, sentimos lo que sentimos simplemente por ser como somos.