La conexión cerebro-intestino

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La conexión cerebro-intestino

Se sabe que muchos carbohidratos de cadena corta (azúcares fermentables presentes en muchos alimentos) producen síntomas abdominales similares a los de los pacientes con síndrome de intestino irritable. (dolor abdominal, meteorismo, distensión abdominal, alteración del ritmo intestinal entre otros)
Se estudió la restricción de la ingesta de todos los carbohidratos de cadena corta porque se absorben lentamente o no se digieren en el intestino delgado, y se deben considerar juntos porque todos tienen efectos similares en el intestino al relajar y ablandar el tejido de sus paredes.
Estos grupos de carbohidratos fueron llamados fermentables, oligosacáridos, disacáridos y monosacáridos y polioles (FODMAP), debido a la falta de un término colectivo conocido. Al reducir su ingesta se observa que los síntomas abdominales que remiten en pacientes con esta patología se alivian también en pacientes con sensibilidad visceral. En los últimos 12 años, Los mecanismos de acción, el contenido de alimentos de los FODMAP y la eficacia de la dieta han sido estudiados intensamente. En muchas partes del mundo, la dieta baja en FODMAP ahora se considera una terapia de primera línea para el síndrome de colon irritable.
entre un 5% y un 10% de la población española sufre síndrome del intestino irritable, una patología cuya causa última permanece oculta, aunque se especula sobre su relación con la posibilidad de sufrir determinas alergias o intolerancias a los alimentos.
Estos compuestos a veces llegan al intestino grueso sin digerir, provocando desarrollo de bacterias que generan gases, hinchazón, dolor abdominal o diarreas. Una dieta baja en FODMAP se utiliza en muchas ocasiones como tratamiento terapéutico en pacientes que padecen colon irritable, gases, enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa y recurrentes molestias intestinales.
Actualmente, sabemos que hay 200 millones de neuronas en el intestino y que este sistema nervioso se comunica de manera estrecha con el sistema nervioso central. Además de sus funciones metabólicas la microbiota intestinal también participa en la comunicación entre el intestino y el cerebro, influyendo sobre el funcionamiento cerebral. En la actualidad se estudian las relaciones entre un desequilibrio de la microbiota intestinal y algunos trastornos psíquicos: estrés, depresión, pero también enfermedades neurodegenerativas (Parkinson, Alzheimer…).
El intestino y el cerebro, pues, están estrechamente conectados. El sistema nervioso central está en interacción permanente con el tubo digestivo. Esta conexión es bidireccional, y es entendible de forma muy intuitiva cuando, por ejemplo, sufrimos algún episodio estresante y nos entran ganas de ir al baño.
La serotonina es un neurotransmisor, a veces también llamado “hormona de la serenidad”, que regula una amplia gama de funciones, como el humor o el comportamiento. La mayor parte de esta se comunica con el sistema digestivo a través del nervio vago. Ya hablamos en otras ocasiones de las hormonas inhibidoras del miedo y el manejo del estrés.
La microbiota intestinal influye sobre las funciones del organismo, más allá de sus funciones metabólicas y de barrera frente a las agresiones exteriores. Su participación hace pensar que en caso de desequilibrio, tiene un papel en numerosas enfermedades neurológicas y psiquiátricas. (autismo, parkinson o incluso esclerosis múltiple )
De hecho, se ha demostrado que la administración de bacterias probióticas a ratas y ratones permite atenuar la liberación de corticosterona provocada por situaciones estresantes.
En el ser humano también se ha examinado la alteración de la flora intestinal (disbiosis) en los pacientes depresivos.
Claramente, la microbiota intestinal desempeña un papel sobre nuestro comportamiento y nuestra actividad emocional. ¡Otra razón más para ponerse manos a la obra y mirar bien con qué llenamos nuestra nevera!